Primera Nota

MI TÍO ABUELO

Tenía yo nueve años de edad, la primera y única vez que vi a mi tío abuelo, el padre Francisco, pastor de la parroquia Católica Romana de Zapotiltic, Jalisco, México; una pequeña población en la montaña, no lejos del Volcán de Colima. Conocí al padre Francisco durante el verano de 1955. Tenía él entonces 67 años de edad, pero siendo yo un niño de nueve años, no hubiese comprendido el significado de tal encuentro con aquel hombre que cambió la vida del poblado y muchos otros pueblos alrededor. No tenía yo idea de su fuerza, de sus grandes logros y tristemente, de sus casi insuperables problemas y sufrimiento.

Templo de frenteAhora, después de varios viajes a Zapotiltic que empezaron en 2006, he comenzado a valorar los grandes sacrificios y logros de mi tío abuelo durante sus 50 años como sacerdote entre su ordenamiento en 1908 y su muerte en 1958. Cuando visito Zapotiltic, lo primero que hago es ir a la iglesia que se impone sobre la plaza del pueblo. Paso junto a las columnas que alcanzan los 6 pisos de altura y adornan el pórtico espacioso y amplio del Templo del Señor del Perdón. (En México, a menudo se conoce a las iglesias como “templos”). Entro a la iglesia, pasando por el nártex que parece el de una basílica y al entrar a la nave principal, se extiende un área inmensa que puede albergar hasta 2,000 feligreses.

Haciendo una genuflexión en dirección a Jesús en el Tabernáculo, atraen mi atención las columnas internas que parecen elevarse y alcanzar el cielo. Volteo mis ojos en dirección al Santuario, donde encuentro, en lo alto del ábside abovedado, la figura esculpida de Cristo crucificado, por todos en la región conocida como El Señor del Perdón. Lleva una sólida corona dorada, fijada a una Santa Cruz, brazos extendidos en ademán eterno del sacerdote en oración.

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La iglesia fue diseñada por mi tío abuelo. El proceso aflictivo de la construcción de la iglesia le causó sufrimiento tanto físico como emocional que, creo yo, pudo acelerar su muerte.

Llevo 12 años construir la iglesia – Comenzando en 1944 cuando el diseño del Templo del Señor del Perdón comenzó a tomar forma por primera vez en la mente de mi tío abuelo hasta culminación y dedicación en 1956. Una gran cantidad de talento, trabajo y dinero fueron requeridos. Sin embargo, para que este proyecto llegara a una conclusión exitosa el padre Francisco Vizcarra Ruiz tuvo muchos obstáculos en el camino. Se las arreglo para superar todos los asuntos comunes que acompañan a un gran proyecto de construcción – todos, excepto el último problema, que pudo acelerar su muerte.

Describiré esos problemas con mayor detalle en mis NOTAS subsecuentes. El concepto del padre Francisco fue estructurado por arquitectos e ingenieros mexicanos con visión a futuro al sugerir la utilización de materiales modernos – concreto reforzado con acero–en lugar de los tradicionales bloques de piedra con mortero. En la década de 1940 se daba por hecho que una iglesia en México sería construida, por tradición, de piedra. Sin embargo, mi tío abuelo insistió en su diseño conceptual de una iglesia construida de concreto reforzado con paredes elevadas. Una iglesia capaz de albergar en misa hasta 2,000 feligreses, según lo revelan testigos y los registros Arquidiocesanos. Dentro y fuera, la iglesia deja una constancia definitiva de que se trata de una Casa del Dios divino combinada con toques de poder y grandeza terrenal. Esta gran estructura eclesiástica se impone sobre Zapotiltic, hoy en día un pueblo mexicano en las montañas de más de 27,000 pero que en 1940 tenía menos de 10,000 residentes.

Mi tío abuelo contrató a tres profesionistas, y envió a un cuadro de hombres a la Ciudad de México para aprender las relativamente nuevas técnicas de construcción con acero reforzado y concreto, el resto de la fuerza laboral para esta magnífica construcción fue voluntaria. El padre Francisco utilizó su talento concedido por Dios para inspirar y manejar una enorme fuerza laboral de voluntarios para llevar a cabo el trabajo que progresaba semana a semana, mes a mes y año tras año, por más de una década. La iglesia se ubica precisamente donde se ubicó la antigua parroquia. La gigantesca construcción tuvo que comenzar con la demolición de la antigua parroquia ya de por si dañada por un terremoto. Mi tío abuelo también tuvo una innovación para los trabajos de demolición. En la década de 1940, nadie había oído acerca del uso de pequeñas explosiones de dinamita, por etapas, que rápida y seguramente derribaban una construcción.

Trabajajores demoliendo el temploEntonces vino la necesidad de remover los escombros y restos de la casi centenaria iglesia. Llegaron trabajadores voluntarios de Zapotiltic y pueblos circunvecinos. Los voluntarios que trabajaban en estas faenas llegaron por centenas, a bordo de decenas, quizá docenas de convoyes de camiones, listos a trabajar. Llevó meses el arrastre de los escombros de la derrumbada iglesia de piedra maciza.

Entonces comenzaron seriamente las labores de construcción de la iglesia. Los trabajadores eran todos hombres que trabajaban desde antes del alba hasta ya bien entrada la noche. Por supuesto, estos trabajadores voluntarios no remunerados, recibían apoyo moral y “logístico” de sus familias, como el acarreo de sus abastecimientos e imprescindibles herramientas de un lugar a otro, según fuese necesario, y por supuesto, trayéndoles alimentos y agua. Además, y nuevamente gracias al don del padre Francisco para inspirar a la gente para el arduo trabajo en proyectos aparentemente infranqueables, parte del equipo pesado de construcción fue donado por compañías vecinas, algunas de ellas, corporaciones multinacionales. Tengo cientos de fotografías que muestran todo el esfuerzo y a los voluntarios.

De clic sobre este link para ver una extensa galería de fotos tomadas por uno de los asistentes del padre Francisco, el Sr. Guillermo Martínez Hernández. La familia amablemente permitió sacar copias para usarlas en este blog. Doy las gracias a la familia por permitirme ver y copiar estas fotos.

Mientras que el diseño y construcción de esta iglesia es la culminación de los muchos logros valientes de mi tío abuelo, aquellos familiarizados con esta historia también recuerdan su sufrimiento, sus mortificaciones, y las muchas cruces que cargaba tan pesadamente hasta el último de sus días.

Como he dicho, tenía yo nueve años de edad la primera vez que recuerdo visitar Zapotiltic. Vivíamos en los Estados Unidos. Cada dos años, mi padre conducía su automóvil sedán marca Pontiac en un viaje que duraba un mes para visitar a nuestros parientes y amigos, casi todos en Monterrey, San Luis Potosí, ciudad de México y Guadalajara, así como Zapotiltic y Colima. Sentado en el asiento trasero, recuerdo las amplias y buenas carreteras mexicanas en camino a Monterrey, Nuevo León. Sin embargo, también recuerdo las carreteras, no tan buenas, y sí angostas en 1955, especialmente serpenteando por las montañas. Las más memorables carreteras angostas, comúnmente corrían por las laderas de las montañas con vistas vertiginosas de los valles de abajo. Las cumbres, les llamaba mi padre. De vez en cuando llegábamos a algún puente de un solo carril, en donde la batalla del “quien va primero” era ganada por aquel que centellaba sus luces primero. Vacas y mulas venían a nuestro encuentro en las “curvas en horquilla” pero el claxon pronto resolvía el problema. Y por supuesto, estaban los baches, hoyos en las carreteras, condición universal de toda carretera en las montañas, supongo.

En los años 50´s la Misa se celebraba en Latín en todo el mundo. Como monaguillo yo regularmente servía en la temprana misa matutina, antes de asistir a la escuela Católica en los Estados Unidos. Es por esto que durante nuestra visita a la parroquia de Zapotiltic, en el verano de 1955, acepté gustoso la invitación de mi tío abuelo, pastor de la parroquia de Zapotiltic, a servir como monaguillo durante la misa de las 5 a.m. que él oficiaba cada mañana en el Santuario de Guadalupe, una pequeña capilla histórica adyacente a la iglesia parroquial.

Después de la misa, recuerdo perfectamente caminar hasta la puerta, que él abrió, y parados justo dentro de la iglesia, él levantó su brazo y apuntó en dirección a un equipo de construcción que vagamente podía yo percibir en la quieta oscuridad del amanecer a las 5:45 a.m. No recuerdo sus palabras exactas, pero era algo como:

“¿Ves eso? Estamos aquí construyendo una nueva iglesia.”

El no salió a la calle, permaneció dentro del Santuario. Cortésmente declinó la invitación de mi padre de salir de la iglesia y desayunar con nosotros. Fue esa la primera y última vez que vi a mi tío abuelo, el padre Francisco Vizcarra Ruiz. No pensé gran cosa acerca de sus palabras, y como e nunca salió fuera de la iglesia esa mañana. Ahora conozco la razón.

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